11.3.13

Covenant #3: Deity, de Jennifer Armentrout. CAPÍTULO 6 en español.

CAPÍTULO 6

Jackson iba a pisarme la cabeza.

Eso no era definitivamente una parte del entrenamiento.

En el último segundo posible, alguien cogió a Jackson por la cintura y lo tiró a la estera. Mis manos fueron a mi boca. Algo pegajoso y cálido las cubrió de inmediato.

Todo lo que saboreaba era sangre. Vacilante, pasé mi lengua por el interior de mi boca, chequeando para asegurarme de que no había perdido ningún diente. Cuando me di cuenta de que aún tenía el set completo me puse en pie, escupiendo sangre. Luego arremetí contra Jackson.

No llegué muy lejos. El shock casi me puso de rodillas.

Jackson ya estaba ocupado defendiéndose de alguien, y ése alguien era Aiden. Olvidé el dolor momentáneamente mientras me preguntaba vagamente de dónde había salido. Aiden ya no observaba mis clases. Ni siquiera me entrenaba, así que no era como si tuviera una razón para andar por estas salas.

Pero estaba aquí ahora mismo.

Fascinada por la extraña mezcla de gracia y brutalidad, miré como Aiden levantaba a Jackson de la estera por la camiseta. Sus caras estaban a milímetros. La última vez que había visto a Aiden así de enojado fue cuando se había lanzado contra Seth la noche en que me habían dado del brebaje.

“Así no se lucha con tus compañero”, dijo Aiden en una voz fría y baja. “Estoy segura de que el Instructor Romvi te lo ha enseñado”.

Los ojos de Jackson se abrieron demasiado. Estaba en las puntas de sus pies, los brazos colgando a sus lados. Fue ahí cuando me di cuenta que la nariz de Jackson estaba sangrando, sangrando peor que mi boca. Alguien lo había golpeado, muy probablemente Aiden, porque sólo un puro podría hacer eso y que nadie interviniera.

Lo soltó. El mestizo cayó de rodillas, acunando su rostro. Aiden se dio la vuelta, sus ojos evaluando rápidamente los daños. Luego se giró hacia el Instructor Romvi, hablando demasiado rápido y bajo para que la clase o yo lo entendiéramos.

Antes de darme cuenta de qué estaba pasando, Aiden cruzó la estera y agarró mi brazo. No hablamos mientras me sacaba de la sala de entrenamiento. “Mi bolso”, protesté.
“Haré que alguien lo coja por ti”.

En el pasillo, agarró mis hombros y me giró. Sus ojos fueron de gris oscuro a plateado cuando su mirada cayó en mis labios. “El Instructor Romvi no debió haber dejado que llegara tan lejos”.

“Ajá, no creo que le importara”.

Aiden maldijo.

Quería decir algo. Algo como ‘estas cosas pasan’… o al menos, como eso era de esperarse ya que no tenía muchos amigos aquí. O quizás debería agradecerle, pero a juzgar por la lucha de emociones en su rostro sabía que no lo apreciaría. Aiden estaba furioso, furioso por todas las razones equivocadas. Había reaccionado como si un chico normal me hubiera golpeado y no un mestizo. Como un pura-sangre, no tenía por qué haber intervenido. Ése era el trabajo del Instructor. Aiden había olvidado eso en un momento de completa ira desenfrenada.

“No debí haber hecho eso. Perdí los estribos”, dijo tranquilamente, sonando y viéndose terriblemente joven y vulnerable para alguien que yo veía tan poderoso. “No debí haberlo golpeado”.

Mis ojos se movieron a través de su rostro. Incluso aunque mi cara palpitaba, quería tocarlo. Quería que él me tocara. Y luego lo hizo, pero no como yo quería. Poniendo su mano en la parte baja de mi espalda, me guió hacia la oficina médica. Quería tocarme la boca para ver qué tan mal estaba; aún mejor, quería un espejo.

La doctora sangre-pura le echó un vistazo a mi rostro y luego negó con la cabeza. “En la mesa”.

Me encarame. “¿Va a dejar cicatriz?”

La doctora agarró una botella enturbiada blanca y varias bolitas de algodón. “Aun no estoy segura, pero trata de no hablar ahora mismo. Al menos hasta que pueda asegurarme de que no hay daño en el interior del labio, ¿okay?”

“Si deja una cicatriz voz a estar tan enfadada”.

“Deja de hablar”, dijo Aiden, recostado contra la pared.

La doc le dio una sonrisa, aparentemente no muy curiosa del porque un puro me había acompañado. Se giró hacia mí. “Puede que esto arda”. Pasó el algodón sobre mi labio. ¿Arder?, quemaba como loco. Casi me caigo de la mesa.

“Antiséptico”, dijo, dándome una mirada comprensiva. “Debemos asegurarnos de que no se infecte. Entonces dejaría cicatriz”.

¿Quemar? Podía soportarlo. Le tomó a la doc un par de minutos limpiarme el labio. Esperé, algo impaciente, por el veredicto.

“No creo que necesites puntos en el labio. Va a hincharse y estar sensible por un tiempo”. Inclinó mi cabeza hacia atrás y tocó gentilmente mi boca. “Pero creo que vas a necesitar un punto justo… bajo tu labio, aquí”.

Me estremecí mientras ella empezaba a tocar ése punto y me concentré en su hombro. No muestres que te duele. No muestres que te duele. No muestres que te duele. La doctora hundió sus dedos en el tarro café y presionó la piel desgarrada junta. Aullé cuando un dolor escaldado radió por la piel bajo mi labio y se expandió por mi rostro.

Aiden dio un paso adelante, deteniéndose cuando se dio cuenta de que no había nada que pudiera -o debiera- hacer. Sus manos cayeron a sus labios, y su mirada encontró la mía, los ojos de un gris tormentoso.

“Sólo un poco más”, dijo tranquilizadoramente. “Luego habremos terminado. Eres afortunada de no haber perdido un diente.”

Luego retorció la piel un poco más. Esta vez no emití ningún sonido pero cerré mis ojos hasta que luces bailaron detrás de mis párpados cerrados. Quería saltar de la tabla y encontrar a Jackson. Golpearlo me haría sentir mejor. Lo creía firmemente.

La doc dio un paso atrás hacia los armarios. Volvió con una toallita húmeda y empezó a limpiar la sangre, cuidadosa con el punto. “La próxima vez que la entrenes, sé un poco más cuidadoso. Ella sólo será así de joven y bonita una vez. No se lo arruines.”

Mis ojos volaron a Aiden.

“Pero…”

“Sí, señora,” me interrumpió Aiden con una mirada torva.

Le sostuve la mirada.

La doc suspiró, negando con la cabeza otra vez. “¿Por qué ustedes los mestizos eligen esto? Sin duda, la alternativa es mejor. De todas formas, ¿tienes alguna otra herida?”

“Uh, no”, murmuré. Las palabras de la doctora me sorprendieron.

“Sí”, dijo Aiden. “Mira el lado izquierdo de sus costillas”.

“Oh, por favor,” dije. “No es así de…” Mis palabras se cortaron cuando la doc levantó el borde de mi camiseta.

Presionó mis costillas, moviendo sus manos por el lado. Sus dedos estaban frescos y eran rápidos. “Ninguna está rota, pero esto…” Frunció el ceño, acercándose. Inhalando bruscamente, soltó mi camiseta y encaró a Aiden. Pareció tomarle un momento recuperar la compostura. “Sus costillas no están rotas, pero sí magulladas. Debería tomárselo con calma por unos días. También debe evitar hablar mucho para no estirar el punto”.

Parecía que Aiden quería reírse de la última sugerencia. En cuanto se mostró de acuerdo con la doctora, ella abandonó la habitación rápidamente.

“¿Por qué dejaste que creyera que tú hiciste eso’”, pregunté. “Ya ni siquiera me estás entrenando”.

“¿No se supone que tienes que evitar hablar?”

Puse los ojos en blanco.

“Ahora cree que eres un gran matón con los mestizos o algo así”.

Señaló la puerta. “No estaría muy equivocada. Tu Instructor permitió que sucediera. La doc probablemente atiende más casos como estos de los que quisiera.”

Y probablemente atendía muy pocos pura-sangre a quienes les importara lo suficiente para asegurarse de que el mestizo estaba bien. Suspiré. “¿Qué hacías ahí, de todos modos?”

Hubo un fantasma de una sonrisa. “¿Acaso no te dije que asegurarse de que estás a salvo es un trabajo de tiempo completo?”

Empecé a sonreír, pero recordé rápidamente no hacerlo. “Auch”, ignoré su mirada divertida. “¿Pero en serio, por qué estás aquí?”

“Sólo estaba por ahí y miré la sala”. Se encogió de hombros, mirando un punto sobre mi hombro. “Te vi luchando y observé. El resto es historia.”

La verdad no le creía pero lo dejé pasar. “Hubiera aplastado a Jackson, ¿sabes? Pero esta maldita gripa me ha pateado el trasero.”

La mirada de Aiden se posó en mí otra vez. “No deberías estar enferma”. Dio un paso adelanto, extendiendo su mano y poniéndola cuidadosamente alrededor de mi mentón. Frunció el ceño. “¿Cómo te enfermaste?”

“No puedo ser el primer mestizo que se ha enfermado”.

Su pulgar se movió por mi barbilla, evadiendo el lugar sensible. Ése era Aiden, siempre cuidadoso conmigo aunque sabía que era dura. Mi corazón saltó. “No lo sé”, dijo, dejando caer su mano.

Insegura de qué responder, me encogí de hombros. “De todas formas, gracias por… hmm… hacer que Jackson se detuviera.”

Una mirada dura, letal, atravesó su rostro. “Me aseguraré de que sea castigado por lo que hizo. El Covenant tiene demasiados problemas sin que los mestizos intenten matarse entre ellos.”

Toqué suavemente mi mentón e hice una mueca. “No sé si fue idea suya”.

Aiden tomó mi mano y la alejó de mi rostro. “¿A qué te refieres?”

Antes de que pudiera responder, un leve temblor recorrió mi espina dorsal. Segundos después, la puerta de la sala voló. Seth entró, sus ojos muy abiertos y labios presionados. Su mirada fue de mi labio a donde Aiden sostenía mi mano. “¿Qué diablos pasó?”

Confusión y luego entendimiento aparecieron en el rostro de Aiden. Soltó mi mano y dio un paso atrás. “Estaba luchando”.

Seth le lanzó una mirada mordaz mientras se acercaba a donde yo estaba sentada en la mesa. Tomó mi mentón con dos dedos elegantes, justo como Aiden lo había hecho. Mi corazón no tartamudeó, pero el lazo sí. “¿Con quién estabas luchando?”

“No es la gran cosa”. Sentí que mis mejillas ardían.

“No se ve así”. Seth entrecerró sus ojos. “Y te duele en otra parte. Puedo sentirlo”.

Dioses, realmente necesitaba practicar en ese escudo.

“Gracias por vigilarla, Aiden.” Seth no dejó de mirarme. “Lo tengo bajo control”.

Aiden abrió la boca para decir algo pero luego la cerró. Se giró y dejó la habitación silenciosamente. La urgencia de saltar de la mesa y correr detrás de él era demasiado fuerte para ignorarla.

“¿Y qué le pasó a tu rostro?”, interrogó una vez más.

“Me la rompí”, murmuré, alejándome de él.

Seth giró mi mentón hacia un lado frunciendo el ceño. “Ya lo veo. ¿Realmente te lo hiciste luchando?”

“Sí, fue en clase”.

Su ceño se acentuó. “¿Qué se supone que significa eso’”

Quité su mano y bajé de la mesa. “No es nada. Sólo un labio magullado”.

“¿Un labio magullado?”, me agarró por la cintura, haciéndome retroceder. “Juro que veo la huella de una bota en tu mentón”.

“¿En serio… está así de mal?” Me toqué cautelosamente la barbilla, preguntándome qué pensaría si viera la huella de la bota en mis costillas.

“Qué vanidosa”. Seth tomó mi mano. “¿Con quién estabas luchando?”

Suspiré y traté de liberarme pero fue inútil. Seth -y el lazo- querían que me quedara con él. Apoyé mi mejilla contra su pecho. “No importa. ¿Y acaso no sigues enfadado porque te tiré comida, de todas formas?”

“Oh, eso no me tiene muy contento. Creo que la mayonesa mancha.” Su abrazo se aflojó un poco. “¿Duele?”

No tenía sentido mentir, pero eso fue lo que hice. “No. Para nada.”

“Ajá”, murmuró contra la cima de mi cabeza. “¿Y con quién luchaste?”

Cerré mis ojos. Estando así de cerca de él, con el lazo y todo eso, era demasiado fácil dejar de pensar. Justo como cuando luchaba. “Siempre me emparejan con Jackson.”


Al día siguiente después de clases husmeé por el centro de entrenamiento. Me sorprendí a mí misma entrando en la habitación pequeña donde Aiden había estado cuando descubrí lo de mi padre. Por supuesto, él ya no estaba ahí. No había nadie. Dejando caer mi bolso justo al interior de la puerta, me acerqué al saco de boxeo que colgaba en la mitad de la estera. Era una cosa vieja, andrajosa que había tenido mejores épocas. Secciones del cuero negro habían sido arrancadas. Alguien había usado cinta aislante para hacer parches. Pasé mis dedos sobre los bordes de la cinta.

La inquietud se deslizó por mi piel. La idea de volver a mi dormitorio y pasar tiempo en soledad no me atraía. No había visto a Seth desde que me había acompañado ayer. Supongo que todavía estaba molesto por el asunto del sándwich.

Empujé el saco con mis palmas, luego les di la vuelta. Dos glifos brillantes me devolvían la mirada.

Mi mirada volvió al saco de boxeo. ¿Mi padre se había entrenado en este Covenant? ¿Se habrá parado en esta misma habitación? Eso explicaría por qué habría conocido a mi mamá tan bien. De nuevo, la melancolía me invadió.

La puerta de la habitación se abrió. Me giré, esperando a ver al Guardia Linard, pero no era él. Mi corazón hizo un corto y estúpido baile de felicidad.

Aiden entró en la sala de entrenamiento; la puerta se deslizó hasta cerrarse tras él. Usaba el traje de los Centinelas: una camisa manga larga negra y pantalones negros. Lo miré como una idiota.

La forma en la que mi cuerpo respondía a él -a un pura-sangre- era absolutamente imperdonable. Lo sabía, pero eso no detenía la forma en que mi respiración se atascaba o el calor que me recorría la piel. No me malentiendan, Aiden tenía un extraño tipo de belleza masculina a su favor, pero era más que eso. Me entendía de formas en que poca gente podía hacerlo. No necesitaba un lazo para hacerlo como Seth. Aiden me descifraba mediante su inquebrantable paciencia… y no tomando en serio mis estupideces. Durante el verano habíamos pasado horas juntos entrenando y conociéndonos el uno al otro. Después de lo que había hecho para protegerme en New York… y luego con Jackson, ya no podía estar enfadada con él por el día en que me había dicho que no podía amarme.

Aiden me miró curiosamente. “Vi a Seth entrar a la parte principal de la Isla Deity y no estabas con él. Me imaginé que estarías aquí.”

“¿Por qué?”

Se encogió de hombros. “Sólo sabía que estarías en una de las salas de entrenamiento a pesar de que se te dijo que tomaras las cosas con calma.”

Siempre que él lidiaba con algo iba a las esteras. Yo era igual, lo que me recordaba la noche en que lo había atacado luego de saber el verdadero destino de mi mamá. Me giré, pasando los dedos por el centro del saco de boxeo.

“¿Cómo te sientes… tus costillas y tu labio?”

Ambos me dolían, pero me había sentido peor. “Bien”.

“¿Has escrito la carta para Laadan?”, preguntó luego de algunos segundos.

Mis hombros se desplomaron. “No. No sé qué decir.” No es como si no le hubiera echado cabeza, pero ¿qué se le dice al hombre que creías muerto; al padre que nunca conociste?

“Sólo dile cómo te sientes, Alex”.

Me reí. “No sé si quiere saber todo eso”.

“Sí lo quiere”, Aiden hizo una pausa y el silencio se alargó entre nosotros. “Has estado… distraída estos días”.

Todavía lo estaba. “Es la gripa”.

“Parecía como si te fueras a desmayar en la oficina de Marcus y, admitámoslo, no hay razón por la que no hubieras podido aplastar a Jackson ayer… o al menos haberte quitado de su camino. Te ves agotada, Alex.”

Suspirando, lo encaré. Estaba recostado contra la pared, sus manos enterradas en sus bolsillos. “¿Qué estás haciendo aquí?”, pregunté, deseando cambiar de tema.
La expresión de Aiden era astuta. “Observándote”.

Calidez revoloteó en mi pecho. “¿Realmente? Eso no es acosador ni nada.”

Una sonrisa pequeñita apareció. “Bueno, estoy de servicio”.

Miré la habitación. “¿Crees que hay daimons aquí?”

“No estoy de caza ahora mismo.” Un mechón de cabello negro ondulado cayó en sus ojos grises cuando ladeó su cabeza. “Me han dado una nueva asignación”.

“Cuenta”.

“Además de cazar, estoy cuidándote”.

Parpadeé y luego me reí tanto que me dolieron las costillas. “Dioses, de verdad tu vida apesta”.

Frunció el ceño. “¿Por qué lo dices?”

“No puedes deshacerte de mí, ¿verdad?” Me giré hacia el saco, buscando un punto débil. “O sea, no es como si lo quisieras pero sigues teniendo que cargar conmigo”.

“No creo que seas una carga. ¿Por qué creerías eso?”

Cerré mis ojos, preguntándome porqué lo había dicho siquiera. “¿Y Linard tiene una nueva asignación?”

“Sí. No respondiste mi pregunta”.

Y no iba a hacerlo.

“¿Marcus te pidió que hicieras esto?”

“Sí. Cuando no estas con Seth, Linard, Leon o yo te vigilaremos. Es muy probable que quien sea que quiere lastimarte…”

“El Ministro Telly”, añadí, cerrando mi puño.

Quien quiera que quiso lastimarte en las Catskills intentará algo aquí. Y además están las furias.”

Empujé el saco de boxeo, haciendo una mueca cuando los músculos adoloridos de mis costillas se estiraron. Debí haberlos vendado primero. Qué tonta. “Ustedes no pueden luchar contra las furias”.

“Si aparecen, lo intentaremos”.

Sacudiendo la mano, di un paso atrás. “Morirán en el intento. Esas cosas… bueno, viste de lo que son capaces. Si vienen sólo quítense de su camino”.

“¿Qué?”, la incredulidad se filtraba en su tono.

“No quiero que gente muera por nada”.

“¿Morir por nada?”

“Sabes que seguirán volviendo y no quiero que alguien muera cuando todo parece… inevitable”.

La inhalación que tomó fue tan brusca que fue audible en la pequeña sala. “¿Estás diciendo que tu muerte es inevitable, Alex?”

Empujé el saco de boxeo una vez más. “No sé lo que estoy diciendo. Olvídalo.”

“Algo… algo en ti es diferente”.

El deseo de huir de la habitación me llenó, pero en cambio lo encaré. Miré mis palmas. Las marcas seguían ahí. ¿Por qué seguía mirándolas como si fueran a desaparecer o algo? “Han pasado muchas cosas, Aiden. No soy la misma persona.”

“Eras la misma el día que te enteraste de lo de tu papá”, dijo, sus ojos volviéndose del color de la tormenta.

Mi estómago se llenó de ira que zumbaba por mis venas. “Esto no tiene nada que ver con esto”.

Aiden se quitó de la pared, sus manos salieron de sus bolsillos. “¿Qué es esto?”

“¡Todo!”, me clavé los dedos en las palmas. “¿Cuál es el punto de todo esto? Pensemos hipotéticamente por un segundo, ¿quieres? Digamos que Telly o quien sea no se las arregla para esclavizarme o matarme y que las furias no me hacen trizas. De todas formas cumpliré 18. ¿Así que cuál es el punto? Quizás debería irme”. Fui hasta donde había dejado mi bolso. “Quizás Lucian me deje ir a Irlanda o algo. Me gustaría conocerla antes de…”

Aiden me agarró del antebrazo, girándome hasta que lo encaré. “Dijiste que tenías que quedarte en el Covenant para poder graduarte porque necesitabas convertirte en Centinela más que cualquier otra persona en la habitación”. Su voz se hizo más grave mientras sus ojos buscaban intensamente los míos. “Eras apasionada. ¿Eso ha cambiado?”

Tiré de mi brazo pero él me sostuvo. “Quizás.”

Las mejillas de Aiden se ruborizaron. “¿Así que te vas a rendir?”

“No creo que sea rendirme. Llámalo… aceptar la realidad.” Sonreí, pero se sentía falsa.

“Eso es pura mierda, Alex”.

Abrí mi boca pero nada salió. Había peleado por quedarme en el Covenant para convertirme en Centinela. Y en el fondo todavía quería serlo por mi mamá, por mí, pero ya no estaba segura de que era lo que necesitaba. O con lo que podía estar de acuerdo, siendo honesta conmigo misma. Después de ver esos sirvientes tirados en el piso y que a nadie le importara… nadie los ayudó.

No estaba segura de poder ser parte de nada de esto.

“Nunca has sido de las que se revuelcan en la autocompasión cuando las cosas se ponen difíciles”.

Mi mandíbula chasqueó. “No me estoy revolcando en la autocompasión, Aiden.”

“¿En serio?” dijo muy suavemente. “¿Así como no te estás conformando con Seth?”

Oh, dioses míos, no quería oír esto. “No me estoy conformando”. Mentirosa, susurró una voz malvada en mi cabeza. “No quiero hablar de Seth”.

Desvió la mirada por un segundo y luego se concentró en mí otra vez. “No puedo creer que le hayas perdonado lo que… lo que te hizo”.

“Eso no fue culpa suya, Aiden. Seth no me dio el brebaje. No me forzó…”

“¡De todas formas no debió hacerlo hecho!”

“No voy a hablar contigo de esto”. Empecé a alejarme.

La mano a su lado se apretó. “¿Así que todavía estás… con él?”

Parte de mí se preguntaba qué le había pasado al Aiden que me había acunado en sus brazos cuando le conté lo de mi padre. Había sido más fácil lidiar con esa versión. Pero de nuevo, yo tampoco me estaba comportando como la persona que era antes. Y a una parte de mí le gustaba la forma en la que dijo ‘él’; como si el mero nombre le hacía querer golpear algo. “Define ‘con’, Aiden.”

Me miró boquiabierto.

Erguí mi cabeza. “¿Te refieres a si estoy tonteando con él o si somos sólo amigos? ¿O te referías a si estamos durmiendo juntos?”

Entrecerró sus ojos hasta que las rendijas brillaron de plata salvaje.

“¿Y por qué preguntas, Aiden?”, tironeé y él me soltó. “Cualquiera que sea la respuesta ni siquiera importa”.

“Sí importa”.

Pensé en las marcas y en lo que significaban. “No tienes ni idea. No importa. Es el destino, ¿recuerdas?” Intenté coger mi bolso pero me volvió a agarrar. Alcé la mirada, exhalando suavemente. “¿Qué quieres de mí?”

La comprensión llenó su expresión, dulcificando el matiz de sus ojos. “Tienes miedo”.

“¿Qué?”, me reí, pero sonó como un graznido nervioso. “No estoy asustada”.

Los ojos de Aiden se desviaron por encima de mi cabeza y la determinación se asentó en sus ojos. “Sí. Lo estás.” Sin decir nada más, me giró y me empujó hacía la cámara de privación sensorial.

Puse ojos como platos. “¿Qué haces?”

Siguió arrastrándome hasta que nos detuvimos frente a la puerta. “¿Sabes para qué usan esto?”

“Hmm, ¿para entrenar?”

Aiden bajó la mirada a mí, sonriendo tensamente. “¿Sabes cómo entrenaban los guerreros antiguos? Solían pelear a Deimos[1] y Fobos[2], quienes usaban los peores temores de los guerreros contra ellos en la batalla.”

“Gracias por la lección rarita de historia de los dioses, pero…”

“Pero ya que los dioses del Miedo y el Terror no han estado por aquí en un tiempo, crearon esta cámara. Se cree que pelear usando sólo tus otros sentidos para guiarte es la mejor manera de afilar sus habilidades y encarar tus miedos”.

“¿Miedo de qué?”

Abrió la puerta y un hoyo negro nos saludó. “Cualquier miedo que te esté reteniendo”.

Me pare en mis pies. “No tengo miedo”.

“Estas aterrorizada”.

“Aiden, estoy a dos segundo de…” Mi propio grito de sorpresa me sobresaltó mientras él me arrastraba al interior de la cámara, cerrando la puerta tras él; sumiendo la habitación en las sombras. La respiración se heló en mi garganta. “Aiden… no puedo ver nada”.

“Ése es el punto”.

“Bueno, gracias, Capitán Obvio”. Tanteé ciegamente, pero sólo sentí aire. “¿Qué esperas que haga aquí dentro?” Tan pronto como la pregunta salió de mis labios, me asaltaron todas las imágenes totalmente inapropiadas de todas las cosas que podríamos hacer aquí.

“Pelear”.

Ok, eso apestaba. Inhalé, sintiendo la esencia de picante y a océano. Suavemente, levanté mi mano. Mis dedos rozaron algo duro y cálido… ¿su pecho? Pero luego no había más que vacío. Oh dioses, esto no iba a ser bueno.

De repente, atrapó mi brazo y me giró. “Ponte en posición”.

“Aiden, realmente no quiero hacer esto ahora mismo. Estoy cansada y me patearon el…”

“Excusas”, dijo, su respiración peligrosamente cerca de mis labios.

Me bloqueé.

Su mano desapareció. “Ponte en posición”.

“Lo estoy”.

Aiden suspiró. “No, no lo estás”.

“¿Cómo lo sabes?”

“Puedo saberlo. No te has movido”, dijo. “Ahora ponte en posición”.

“Jesús, ¿eres como un gato que puede ver en la oscuridad o algo?” Cuando no respondió, gemí y me puse en posición: brazos a media altura, y pies en su lugar. “Ya”.

“Necesitas encarar tus miedos, Alex”.

Entorné los ojos pero no vi nada. “Creí que dijiste que era intrépida”.

“Normalmente lo eres”. De repente, estaba justo frente a mí y su olor me distraía. “Que es por lo que estar asustada ahora es tan duro para ti. Tener miedo no es una debilidad, Alex. Sólo es un signo de algo que debes superar”.

“El miedo es una debilidad”. Esperando que todavía estuviera frente a mí, decidí seguirle el juego. Lancé un codazo pero no estaba ahí. Y luego estaba en mi espalda, su respiración bailando en mi cuello. Me giré, jadeando por aire. “¿Tú a qué le temes?”

Un whoosh de aire y estaba detrás de mí de nuevo. “Esto no es acerca de mí, Alex. Tienes miedo de perderte a ti misma”.

“Claro que no. ¿Qué estaba pensando?”, me giré, maldiciendo cuando se esfumó. Esto me estaba mareando. “¿Así que por qué no me dices de lo que tengo miedo, oh-don-sin-miedo?”

“Tienes miedo de transformarte en algo que no puedes controlar”. Tomó mi brazo mientras me giraba siguiendo el sonido de su voz. “Eso te aterroriza”. Me dejó ir, retrocediendo.

Tenía razón, y por eso ira y vergüenza me inundaron. En la oscuridad que me rodeaba había una mancha más gruesa que el resto. Me tiré a él. Anticipando el movimiento, me tomó por los hombros. Lo golpeé, dándole en el estómago y el pecho.

Aiden me empujó.

“Estás furiosa porque tengo razón”.

Un sonido ronco salió de mi garganta. Cerré mi boca y golpeé de nuevo. Mi codo le dio a algo. “Un Centinela nunca tiene miedo. Ellos nunca huirían de sus problemas”.

“¿Estás huyendo de tus problemas, Alex?”

El aire se agitó a mi alrededor y salté, perdiendo por poco lo que seguramente era una perfecta barrida. “¡No!”

“No lo parecía, dijo. “Querías aceptar la oferta de Lucian. ¿Visitar Irlanda?”

“Yo… estaba…” Maldita sea, odiaba cuando tenía razón.

Aiden se rió desde la oscuridad.

Seguí el sonido. Yendo demasiado lejos, demasiado enfrascada en mi ira, perdí el equilibro cuando ataqué. Aiden cogió mi brazo, pero ninguno de los dos pudo ponerse en pie en la oscuridad. Cuando caí, él se vino conmigo. Aterricé de espaldas, con Aiden justo encima de mí.

Cogió mis muñecas antes de que pudiera golpearlo de nuevo, sujetándolas sobre mi cabeza bajo la estera. “Siempre dejas que las emociones saquen lo peor de ti, Alex.”

Traté de quitármelo, no confiando en poder hablar. Un sollozo me estaba subiendo por la garganta mientras me retorcía bajo él, arreglándomelas para liberar una pierna.

“Alex”, me advirtió suavemente. Me presionó y cuando tomó aire, su pecho se elevó con el mío. En la oscuridad pura de la cámara de privación sensorial, su respiración estaba cálida contra mis labios. No me atreví a moverme. Ni un milímetro.

Su agarre en mis mulecas se aflojó y su mano se deslizó por mi hombro, acunando mi mejilla. Mi corazón intentaba salirse de mi pecho en esos segundos y todos mis músculos se congelaron con anticipación. ¿Iba a besarme? No. Mi labio estaba vuelto nada, pero si lo hacía sabía que no podría detenerlo y eso estaba tan mal. Escalofríos descendieron por mi espalda y me relajé bajo él.

“Está bien tener miedo, Alex”.

Liberé mi mano, queriendo alejarme de él tanto como quería quedarme justo donde estaba.
“Pero no tienes nada que temer”. Bajó mi mentón con dedos gentiles. “¿Cuándo vas a entenderlo?”, su voz era grave, ronca. “Eres la única persona que tiene el control sobre lo que te convertirás. Eres demasiado fuerte para perderte alguna vez a ti misma. Lo creo. ¿Por qué tú no?”

Mi respiración era temblorosa. Su fe en mí era mi perdición. El nudo en mi pecho podría levantarme de la estera. Pasaron varios segundos hasta que pude hablar. “¿Tú a qué le temes?”, pregunté de nuevo.

“Creí que una vez dijiste que yo no le temía a nada”, se echó hacia atrás.

“Lo hice”.

Aiden se movió ligeramente y su pulgar acarició la curva de mi mejilla. “Le tengo miedo a algo”.

“¿A qué?”, susurré.

Inspiró profunda, temblorosamente. “Tengo miedo de nunca poder sentir lo que siento”.



[1] También conocido como Dimo, era hijo de Ares -el dios de la guerra- y hermano de Fobos, y representa el terror.
[2] La personificación del temor y el miedo, hermano de Dimo e hijo de Ares. 

9 comentarios:

  1. Increíble.... sin palabras... me quede con la miel en los labios.

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  2. cuando subis el proximo!! mori de amor !!

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  3. Exelente! Ya hable con las chicas de LDCP, estoy esperando su respuesta :) Mi usuario en el foro es Cotoo

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  4. super!!! me encanto excelente amo a aiden lo amo aunque también amo a seth gracias por traducirlo

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  5. gracias por traducirlo eres súper GRACIAS!!!!!!

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  6. gracias muchas muchas gracias por traducirlo.... no imaginas cuanto significa porder leerlo al fin en español!!! Eres mi idolo solo dime cuando subiran el proximo????

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